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*De Grandes Líderes *Carisma o Demagogia

Marzo 20, 2019

Con la efeméride de la expropiación del petróleo, misma que cambió, en definitiva, el destino económico y político del país –el social no porque, por desgracia, el oro negro, mal administrado, no alcanza para iniciar con él siquiera la fallida “cruzada por el hambre” anunciada por el ex presidente enrique peña nieto como una panacea destinada, como fue, al fracaso-, surge en paralelo la esfinge del general Lázaro Cárdenas del Río, sin exclusivas partidistas como pretendieron los dirigentes priistas durante varias décadas. Y pocos sabían que el ilustre personaje, precisamente, rechazó su credencial como militante –la número dos, después de la del entonces presidente Manuel Ávila Camacho- porque consideró innecesario el cambio de siglas sin una verdadera reestructuración de estatutos que asumieran una tendencia vanguardista, con objetivo visionario como él era.
Pasamos la celebración con los hilos cambiados. Hay una división seria –no profunda porque suelen los priistas no ser demasiado audaces cuanto se enfrentan al poder presidencial, únicamente cuando quien ocupa Los Pinos es de su misma filiación-, dentro de algunos de los actores principales del partido en el poder, precisamente por la desazón causada por el anuncio de una modificación estructural que tienda, precisamente, hacia la izquierda como si la tercera alternancia hubiera estado profundamente contaminada o condicionada a otra clase de intereses reñidos con el patrimonio nacional. Una falsedad enorme.
Lo que más me disgusta, en esta hora incierta, es observar a quienes ahora defienden la propiedad de la riqueza energética de México que es, claro, de los mexicanos desde 1938. Un cuarto de siglo nos separa aún del centenario, pero hoy recordamos que hace ochenta y un años desterramos a las compañías inglesas que habían forzado las cosas para explotar sin remedio a los petroleros mexicanos; como ahora siguen siéndolo los mineros y otros grupos a quienes las injusticias y los tratos inhumanos parecen haberlos detenido en el lejano principio de la centuria anterior. Una vergüenza para una nación dotada de tantos recursos naturales al punto de que Adolf Hitler, dispuesto a apoderarse del mundo, puso su mirada en nuestro territorio y pronunció una sentencia terrible:
--México sería la mayor potencia del mundo... si la gobernáramos los alemanes.
Fue una bofetada contra nuestro nacionalismo que supo a poco bajo los estruendos de la Segunda Guerra Mundial y la tardía participación del mexicano Escuadrón 201 con el que sumamos las pobres fuerzas militares de nuestro país a una contienda con tintes de Apocalipsis; sin embargo, nuestro petróleo se revaloró y pudimos, todos, salir delante de la precariedad que sembró en el “primer mundo” aquella conflagración mundial. La pregunta es: ¿por qué, entonces, nos quedamos rezagados? Y la respuesta única es a causa de la corrupción infinita que degrada a los hombres públicos y también a quienes la toleran. En buena medida, la amnesia colectiva nos coloca en este nivel por desgracia.
La Anécdota
Hace cuatro años el presidente peña anunció en Londres, a bombo y platillos, su disposición para ofertar, regalar, los recursos de nuestro subsuelo dada la baja en el valor del petróleo, de la gruesa mezcla mexicana del crudo. La reforma respectiva no fue suficiente porque los interesados no previeron la caída y se amontonaron pidiendo los contratos ofrecidos; apenas ahora se nos habla de que “los primeros acuerdos” apenas se cumplieron a la sombra del glamour.
Son tantos los absurdos que la bandera del nacionalismo petrolero, la gran tesis del general Cárdenas mantenida en alto por su hijo Cuauhtémoc con enorme dignidad, esté en manos de sujetos turbios, oportunistas si bien con conocimientos de causa entre iletrados que no conocen la historia ni se interesan por la idiosincrasia de los mexicanos. Bien dice el refranero popular: “en tierras de ciegos, el tuerto es rey”. Y esto es, ante la incultura manifiesta de quienes integran buena parte de la clase dirigente –incluyendo al llamado “primer mandatario”-, la razón por la cual un tránsfuga especulador, refugiado en la Comisión Federal de Electricidad, el cobarde represor y asesino Manuel Bartlett sea el garante principal para asumir el rol de defensor de las riquezas energéticas que fueron entregadas al pueblo de México en su conjunto. Por tanto, es a esta misma comunidad a quien debió consultarse, desde el principio, fuese por plebiscito o como consecuencia de una consulta general seria y no tendenciosa, si procedían o no las medidas gubernamentales asumidas a discreción como si el gobierno no tuviera nada que explicar, salvo a toro pasado, a eso que se denomina “soberanía popular”, asentada en la Carta Magna y completamente inútil en la praxis política.